sábado, 21 de diciembre de 2013

EL RUISEÑOR Y LA ROSA

EL RUISEÑOR Y LA ROSA
José Javier Doncel (jjdanwcer)

Recogidas las armas, desmontada la armadura, alabando a su Creador, el guerrero limpió sus heridas con el agua perfumada de olivos y rosas blancas. En su casa, sin ser soldado, ni monje, recordó la leyenda de las rosas que siempre eran blancas en Arabia y cuyo color cambió para los ojos de los hombres, al ser tiznadas por la sangre del ruiseñor que enamorado, las abrazó y falleció entre sus espinas.


Y el humano, cansado de hipocresías, de tanto sacrificio injusto, leyó las azoras y versículos de los sagrados libros; recibió las palabras de sus predecesores; contempló, alabó, agradeció las buenas obras y calzándose las sandalias de doncel, compartió el vino y el pan de su humilde posada con todos aquellos que quisieron llamar a su puerta. Ya se despojó el guerrero de la espada. Ya descansa el guerrero de su vida de afanes. Ya descansa la rosa florecida sobre el acero frío de la espada… Ya no hay guerrero, ni batalla. ¡Ya no importa su nombre entre todos los hombres! Regalará su palabra dulce y solidaria para la madre que vela al enfermo, ensalzará las lágrimas derramadas por las víctimas siempre afirmando su existencia. Y el seudónimo humilde se presentará ante los críticos suplicando el jubileo de los mortales, queriendo servir a sus semejantes a la luz de las hogueras de tanta estúpida vanidad.


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